o el relato de lo irrelevante

miércoles, 1 de octubre de 2014

Mi esterilla y yo


Extiendo mi esterilla en el suelo y empiezo el ritual de la mañana. Mi cuerpo pasa de cobra a perro y de este a niño. El niño se convierte en fuerte, ejército poderoso del que sale un loto que dará lugar a una montaña. Todas las mañanas empiezan casi igual. 

Intento concentrarme en lo que hago pese a los ruidos y voces agresivas que me llegan de la calle. A veces es algo difícil. Acompaso la respiración con la recitación de las palabras clave: generosidad, ética, paciencia...tratando de eliminar el orgullo, la envidia, el odio, el prejuicio....Si la motivación determina las características de una acción esta práctica es buena aunque ni perfecta ni totalmente ortodoxa.
Persevero en acallar mi mente parlanchina pero, en los breves momentos en que lo consigo, pasa un coche con reguetón a un volumen apto para ser oído en toda la comarca. Se me fue otra vez.
Cuando estamos mi esterilla y yo en el campo es diferente. Los pies descalzos sobre el polvo mediterráneo o la hierba norteña, los pájaros hablando morse, el aire envolviendo, a veces las montañas resguardando. Es más fácil así ser autista. Y es que mola ponerse en modo autista de vez en cuando. Se te quitan las ganas de hacer nada, de hablar con nadie. A veces creo que me voy a dormir ahí sentada. Dominar esto debe ser genial si haciéndolo mal tiene estos resultados, aunque sólo sean instantes. Junto mis manos y las dirijo a los puntos cardinales, agradeciendo los dones, proyectando amor hacia toda la tierra, para todos los seres. También para los que quiero, cercanos o apenas conocidos.
El animismo quizás adultere la práctica pero no el sentido así que no supone conflicto pues está argumentado. Mañana sacaré la esterilla otra vez.

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