Hablan los psiquiatras de los efectos beneficiosos del paisaje sobre la psique humana y, en especial, del paisaje montañoso.
La montaña siempre ha sido un foco de atracción para el ser humano quizás sólo comparable con el magnetismo que ejerce el mar sobre algunas personas. Ciertamente, no es este mi caso pese a haber nacido a su lado. La mar relaja pero ofrece pocas posibilidades de interacción y llega a ser un tanto monótona, sobre todo en el Mediterráneo, carente de mareas aunque poseedor en ocasiones de arranques de carácter.
El monte en cambio ofrece una cara cambiante, un rostro que muda de color, de forma, de vida al compás de las horas del día. La humedad de la tierra, la textura de la roca, las flores que se despliegan o cierran, los mil colores que brinda, los sonidos y los olores que ofrece. La observación y el descubrimiento pueden ser infinitos a poco que conectemos nuestros sentidos con nuestra mente.
No en vano las montañas siempre han tenido un carácter sacro en muchas culturas distintas. Ahí esta el Fuji, el Urulu, los Himalaya o el Teide. Desde la antiguedad las cumbres, mayores o más modestas, han albergado los santuarios o se han erigido en morada de dioses. Los griegos tenían su Monte Olimpo y los judíos el Ararat. En nuestro ámbito encontramos las representaciones rupestres neolíticas en paredes que dominan las tierras a sus pies y santuarios ibéricos igualmente situados en cerros y puntales.
Esta tradición se perpetua sin ningún tipo de problema en las ermitas cristianas que encontramos en cualquier pueblo de nuestra geografía o en las tumbas de morabitos que podemos ver en el norte de África.
No sé exactamente que es lo que produce este sentimiento en las personas. Quizás sea consciencia de nuestra pequeñez frente a la naturaleza, a que nos sabemos débiles ante ella y que esto nos provoque un deseo de reverenciar lo que está por encima de nosotros. Esa inmutabilidad, aunque la montaña se transforme sin fin, es lo que nos atrae y nos genera una actitud de respeto y admiración. Porque a las montañas nos acercamos con respeto, no cabe otra posibilidad.
Al entrar en sus dominios, nos inclinamos, deferentes y con cierto temor, en una especie de rito mistérico en el que pasaremos las pruebas iniciáticas para encontrar, en el último grado del proceso, nuestro rostro reflejado en el sanctasanctórum de la tierra.
Y es que la montaña nos pone a prueba, nos reta a una lucha con nosotros mismos que hace que la veneremos aún más si cabe.
Es benévola, nos deja subir por sus faldas, acomodarnos en su regazo para mirar la vida desde allí, partir sabiendo que volveremos para sentirnos como en casa. Por eso no quiero cemento en ellas, no quiero antenas, no quiero pintados sus pies de roca, no quiero heridas de las bocas voraces de las canteras. Quiero mis montañas libres y fuertes. Ahí, por encima de mi cabeza.
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